VISITA DE FIDEL Y RAÚL EN TOLUCA Y MUNICIPIOS ALEDAÑOS EN ENERO DE 1956

 VISITA DE FIDEL Y RAÚL EN TOLUCA  Y MUNICIPIOS ALEDAÑOS EN ENERO DE 1956.

POR: Heberto Norma Acosta

Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado de La República de Cuba. (1)


Un fin de semana a comienzos de este mes de enero,  Fidel Castro acompañado por su hermano Raúl, Juan Manuel Márquez y Jesús Chuchú Reyes, así como por doña Laura Meneses, Juan Juarbe, una muchacha nicaragüense y un amigo peruano, parten de la capital mexicana para visitar a la ciudad de Toluca, capital del Estado de México.

El viaje en el auto, que conduce Chuchú Reyes, resulta algo azaroso. A lo largo del trayecto, las curvas del camino se suceden entre las cada vez más empinadas cuestas. Próxima al Distrito Federal, Toluca es una de las ciudades más altas y frías de a meseta central, a unos 2 664 metros de  altitud. 

Al arribar a la ciudad, en horas de la mañana, los aguarda desde temprano el profesor Carlos Hank González, por entonces presidente municipal de Toluca, un joven con una posición ya importante dentro del Partido Revolucionario Institucional, gobernante en México.

Según recuerda Juarbe en su testimonio, días antes cambió impresiones con dona Laura y el amigo peruano sobre las necesidad de  ampliar las relaciones políticas de Fidel en México y acordaron ir a  ver al profesor Hank, con quien tenían desde hacía algún tiempo una cordial amistad. Fueron entonces a conversar con Hank quien gustoso aceptó invitarlos a la ciudad. Ellos querían que le ofreciera un almuerzo o comida a Fidel y sus compañeros, pero él los invitó a un desayuno, que es una costumbre en México. Y viajaron a Toluca, a desayunar en la casa del profesor. Juarbe recuerda que Hank y su esposa Lupita los trataron magníficamente bien.

Desde un principio, Hank instruye al periodista   Alfonso Sánchez García, director del diario Sol de Toluca, el de mayor circulación en la ciudad, que procure ayudarles en todo lo posible e incluso pone a su disposición una camioneta que conduce Luis Sicilia, secretario privado del profesor, para que realicen algunas prácticas de tiro en un lugar lo suficientemente apartado y solitario  para que no tengan dificultades.

Después de desayunar, montan Fidel y sus compañeros en la camioneta, acompañados por el periodista mexicano por si surge algún conflicto con las autoridades. Primero se trasladan a Calimaya, donde se detienen algún tiempo y Fidel conversa con algunos campesinos. Luego siguen hasta el poblado de Zaragoza, en las laderas del nevado más alto de México, donde compran refrescos, salchichón y galletas

Hank les recomendó que se alejaran lo más posible, para que no se oyeran los disparos que desean realizar con la única pistola calibre 45 que llevan. Son aún tiempos difíciles y no se dispone de muchos recursos económicos. Descienden del vehículo y se internan en la Sierra. A partir del Molino de Santa Rosa, siguen a campo traviesa buscando un lugar apropiado para las prácticas.

Cruzan varios arroyos saltando sobre piedras Juarbe recuerda conmovido que, cada vez que había que cruzar un arroyo, Fidel cargaba a Doña Laura – que era más bien frágil – en sus brazos hasta pasarla a la otra orilla. Pese a su edad, Doña Laura se esforzaba.

En caminar parejo al resto de sus compañeros. Durante el trayecto, se toman varias fotografías del grupo, casi todas hechas por Raúl Castro. Siguen adelante, pero el avance se hace cada vez más difícil y a mitad de camino se quedan doña Laura, la muchacha nicaragüense y el amigo peruano. El resto del grupo continúa avanzando por unos arenales.

Luego de una larga caminata por las faldas del nevado, que se eleva a unos 4 558 metros de altura, el grupo encuentra un lugar lo suficientemente alejado como para realizar las prácticas de tiro, contra algunas botellas de refresco que sirven de blanco. Juarbe recuerda que repartieron las balas y le entregaron diez a cada uno, pero a él no le dieron. Comenzaron a tirar y pronto advirtió que la mayor parte no sabía hacerlo. Pese a su aspecto intelectual, Juarbe tenía alguna experiencia por sus estudios militares obligatorios en la Universidad de San Juan, en Puerto Rico. Decidió entonces colocarse detrás de cada uno de sus compañeros, cuando les tocaba el turno, para rectificarles el tiro. Ya  cuando casi todos dispararon a Raúl advirtió  que a Juarbe no le dieron balas, buscaron en sus bolsillos y sólo quedaban ocho que le entregaron. Cuando comenzó a disparar, lo hizo tan bien que todos se sorprendieron. Juarbe les explicó que para disparar con una pistola de 45, que pesaba, debían fortalecerse la muñeca, pues halaba y les tumbaba el brazo, y él tenía la muñeca fuerte porque su trabajo era caminar todo el día por las calles cargando una pesada maleta de muestras para vender.

Así pasaban la tarde, pero en cierto momento algunos pastores, curiosos por la balacera, comienzan a asomarse por los barrancos y Fidel y sus compañeros deciden partir. Al regreso, recogen a los integrantes del grupo que quedaran a mitad de camino y cruzan por diversas aldeas en las laderas, Juarbe recuerda que avanzan de dos en dos y, al pasar por una aldea de pastores, en una de las primeras casas les sale al paso un enorme perro pastor que comienza a enseñarles los dientes y a ladrar. Los primeros pasan tranquilos junto al perro, luego sienten un alboroto detrás, Resulta que el molesto perro le cayó encima a Chuchú Reyes, que venía al último como diez metros, acompañado por el periodista mexicano, el perro se prendió del pantalón  de Chuchú, quien saca la pistola para defenderse, pero el periodista mexicano le agarró la mano, luchando para que no le disparara. Por fin logran espantar al perro. Y el periodista, lívido, les explicó después que aquello era una aldea de pastores, donde ni la tierra ni las ovejas les pertenecen, todo su capital es el perro, y si Chuchú disparaba contra aquel animal, los pastores los hubieran matado. 

Esa tarde regresan a Toluca y cenan en la casa del profesor Hank. Aquella noche, Hank y sus colaboradores conocen la vehemencia de Fidel, pues estuvo conversando durante toda la comida acerca de sus planes revolucionarios. Durante la cena, Fidel llamó aparte al periodista Sánchez García y le habló de un tal capitán Acosta, dueño de un rancho por Ixtapan de la Sal, a quien deseaba localizar el próximo día.

A la mañana siguiente Sánchez García fue a buscarlos al hotel Rex, donde se hospedan. Durante el desayuno, en casa el profesor, recuerda Raúl Castro  preparando su cámara fotográfica, de la que no se separa. Antes de partir rumbo a Tenancingo a Ixtapan de la Sal, Raúl quiso conocer la zona arqueológica de Calixtlahuaca, a unos diez minutos de la ciudad. Hank entonces recomienda al periodista  mexicano que, durante el recorrido, les haga una explicación lo más amplia posible de las ruinas pertenecientes a la cultura Otomí.


1.- Fragmento del libro La Palabra Empeñada  del autor Heberto Norman Acosta  publicado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado  de la República de Cuba en  2006.

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