Autor: Luis Toledo Sandes
Tomado de la Revista Bohemia
19 de mayo 2025
La inquebrantable resolución de lucha y sincera
democracia del Delegado del Partido Revolucionario Cubano
En carta del 26 de febrero de
1895 José Martí le ratificó a Antonio Maceo la urgencia de que él y sus
compañeros, entonces en Costa Rica, llegaran a Cuba así fuera “en una cáscara o
en un leviatán” (Ep., V, 78).1 Expresaba su propia decisión de sumarse a la
guerra, para lo cual salió de Nueva York el 30 de enero, al día siguiente de
haber escrito la orden de alzamiento que firmó con Enrique Collazo y José María
Rodríguez, en virtud de la cual estalló la insurrección el 24 de febrero.
A Maceo le escribió desde
Montecristi, en su recorrido hacia Cuba, adonde llegaría, con Máximo Gómez y
otros cuatro expedicionarios el 11 de abril siguiente. Ningún obstáculo impidió
que Cuba alzada en armas contara con la presencia de sus mayores guías. Él, principal
organizador e ideólogo, era consciente de la importancia de su labor personal y
directa en la búsqueda de una victoria con la calidad necesaria para que diera
los frutos deseados y mereciera los sacrificios que costaría.
Un suceso que pudo haber causado
una severa parálisis en el movimiento revolucionario le corroboró su
convicción. A mediados de aquel enero, en el puerto floridano de Fernandina,
autoridades estadounidenses frustraron el factor sorpresa que él había cuidado
celosamente para lograr un inicio efectivo de la nueva gesta, que debía “ser
breve y directa como el rayo” (O.C., II, 255)2 para impedir que las fuerzas
enemigas tuvieran tiempo de concentrarse.
Aún en pie la Guerra del 68,
ahondaba en la realidad cubana, con afán y lucidez que lo llevarían a liderar
el movimiento patriótico. A Manuel Mercado le escribió el 6 de julio de 1878:
“Transido de dolor, apenas sé lo que me digo.–¿He de decir a V. cuánto
propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿que llevo mi
infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en
un día su libertad?” (Ep., I, 123).
Líneas antes le explicó el porqué
de ese estado de ánimo: se había incumplido su “absoluta creencia,–fundada en
la naturaleza de los hombres–de que era imposible la extinción de la guerra en
Cuba.–Y, sin embargo, la guerra se ha extinguido; la naturaleza ha sido
mentira, y una incomprensible traición ha podido más que tanta vejación
terrible, que tanta inolvidable injuria!”.
Paso a paso crecería el
organizador que –primero en La Habana, clandestinamente, y, otra vez deportado,
en Nueva York– sobresalió en el apoyo a la Guerra Chiquita (1879-1880). Esa
experiencia le confirmó que se necesitaría una contienda mejor preparada, idea
que se aprecia en su discurso del 24 de enero de 1880 en el Steck Hall
neoyorquino ante compatriotas emigrados.
Con el pueblo
El 6 de mayo de 1880 le escribió
a Mercado: “Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta
afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario. Solo los primeros
que siegan, siegan flores. Por fortuna, yo entro en esta campaña sin más gozo
que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido
a mis ojos” (Ep., I, 182). Observaba con visión de futuro las fuerzas y
reclamos del independentismo.
El discurso del Steck Hall,
expresión de su claridad sobre los asuntos de Cuba (Asuntos cubanos tituló el
folleto donde en febrero publicó el texto), reúne claves de su pensamiento. En
el centro de sus preocupaciones está la diversidad de perspectivas presentes en
ese contexto, y daba por sentado que tendría opositores: “los que con los ojos
empañados por la atmósfera espesa de las ciudades españolas ofuscan con el
temor su inteligencia, por el hermoso amor a los que padecen con el amor
exagerado de sí propios”.
Esos, dice, “leerán atónitos este
para ellos cuadro extraño, donde, con ser tan reales las figuras y tan vivos
los poderosos elementos, no se refleja en un solo punto su urbana y financiera
manera de pensar” (O.C.,IV, 186). Sí, urbana y financiera. Tenía en cuenta los
intereses contrarios a los ideales de liberación que él abrazaba con
perspectiva popular.
Sobre esa base afirma: “Los
pueblos no saben vivir en esa acomodaticia incertidumbre de los que al amparo
de las ventajas que la prudencia proporciona, no sienten en el abrigado hogar
las tempestades de los campos, ni en el adormecido corazón el real clamor de un
país lapidado y engañado”.
Lejos de quedarse en se punto,
añade: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero
jefe de las revoluciones; y acarician a aquella masa brillante que, por parecer
inteligente, parece la influyente y directora. Y dirige, en verdad, con
dirección necesaria y útil en tanto que obedece, en tanto que se inspira en los
deseos enérgicos de los que con fe ciega y confianza generosa pusieron en sus
manos su destino” (O.C.,IV, 193).3
En esa realidad pesaban no solo
posiciones abiertamente colonialistas, sino también las que mayor confusión
podrían generar: las de autonomistas y anexionistas, que tratarían de impedir o
mancar la independencia. También actuaba el efecto –con sus causas– del
estancamiento en que paró la década heroica.
Tal contexto hacía a Martí
reaccionar contra métodos de dirección que no siempre respondían a iguales
intenciones, pero venían en general de una historia marcada por la dominación
política y de clases. Autonomistas y anexionistas manipulaban nociones y
prejuicios presentes en esas circunstancias, en las que se inscribía la
contradicción –de particular significado para el movimiento independentista–
entre dos polos: el militarismo y el civilismo, que por distintos caminos
remitían a intereses de poder.
Para enfrentarlos, fraguó una
solución política integradora. Sus discusiones en el camino que lo llevó a
liderar el movimiento revolucionario revelan la omnipresencia de esas
complejidades, y la claridad con que él las encaró. Creó una organización
llamada a garantizar a la vez la civilidad de la política y el carácter popular
de la revolución, y la necesaria soltura militar de las tropas.
Ese sería un propósito primordial
del Partido Revolucionario Cubano, cuya proclamación, consumada el 10 de abril
de 1892, Martí anunció el día 3 en Patria como “labor de doce años” (O.C.,I,
369). Lo reiteró en otros textos, y eso hace pensar en un empeño que tuvo en
sus inicios el discurso del Steck Hall.
Sus convicciones las ratificaron
sus intentos sucesivos de contar con el apoyo de los principales jefes del 68
–lo que se aprecia en cartas como las de julio de 1882 a Gómez, Maceo y otros–,
y su firmeza al discrepar de ellos. En octubre de 1884 rompió con el Plan
insurreccional que organizaba Gómez, y así disintió no solo de ese general,
sino también de Maceo, que seguía a Gómez.
Por muchos escollos que
entorpecieran ese Plan, no cabía descartar su posible victoria, que habría
equivalido a la aniquilación política de Martí. Pero él decidió correr ese
riesgo antes que apoyar un proyecto en el cual, por muy buenas que fueran las
intenciones de los protagonistas –y él sabía que lo eran–, veía peligros para
el futuro de la patria: entre otras razones, por la presencia del caudillismo,
que había sido nocivo para Cuba y él, más que conocerlo, lo sufrió en carne
propia en países de nuestra América.
Tras el fracaso de aquel Plan, su
posición de principios le permitió contar, en especial, con Gómez. Sin tener la
historia militar de aquellos dos bravos, enfrentó el choque con ellos, y salió
con sus razones fortalecidas por su lucidez y su ética. En público, ni una
palabra contra aquellos héroes. Sus argumentos se los expresó a Gómez
limpiamente en la conocida carta del 20 de octubre de 1884 (Ep., I, 280-283).4
Con el Partido Revolucionario Cubano fraguó cimientos dirigidos a mermar el
peso de los personalismos.
En su acertada valoración del
movimiento patriótico se ubica su temprana visión sobre los peligros que para
Cuba, para nuestra América y para el mundo todo, representaban los Estados
Unidos. La voraz potencia emergía auxiliada por quienes le servirían de
cómplices, algunos incluso por desprevención. Ante ese contexto se reforzó en
él la certeza de su labor personal al servicio de su patria, de su pueblo.
Sentido misional
A Manuel Mercado, a quien el 6 de
julio de 1878 le ha hecho la significativa confesión ya citada, el 13 de
noviembre de 1884 le escribe con desasosiego por su desavenencia del mes
anterior con Gómez y Maceo: “A nadie jamás lo diga, ni a cubanos, ni a los que
no lo sean; que así como se lo digo a V., a nadie se lo he dicho: pero de ese
modo fue: ¿cómo, en semejante compañía, emprender sin fe y sin amor, y punto
menos que con horror, la campaña que desde años atrás venía preparando
tiernamente; con todo acto y palabra mía, como una obra de arte?” (Ep., I,
285).
En esa obra se afianzó la guía
que buscaba –Partido Revolucionario por medio– en los preparativos de la futura
contienda, y que ratificó al llegar la hora de que el movimiento
independentista tuviera su jefe militar. La elección recayó merecidamente en
Gómez, y Martí procuró que fuera lo más democrática posible tratándose de
nombrar el general en jefe de una guerra que se preparaba: por votación entre
los más relevantes oficiales del 68.
Quiso comunicárselo a Gómez
personalmente. Viajó a suelo dominicano y, lejos de esperar al general en su
hogar, donde sería atendido con cordialidad, hizo un apreciable recorrido a
caballo para reunirse con él, y no en cualquier parte, sino junto al arado con
el que Gómez trabajaba como el campesino humilde que era.
En carta fechada en Santiago de
los Caballeros el 13 de septiembre de 1892, y que él firmó como Delegado del
Partido Revolucionario Cubano, y Gómez como General en Jefe electo del ramo
militar, le expresó a este: “Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este
nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de
su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres” (Ep. III, 209). Define
la misión militar de Gómez con términos particularmente sembradores: nuevo
trabajo.
Sin poder añadir todo lo que
aquel encuentro merece, apúntense al menos algunos elementos extraídos de “El
general Gómez”, semblanza que Martí publicó en Patria el 26 de agosto de 1893,
semanas antes de la que el 6 de octubre le dedicó a Maceo (O.C.,IV, 445-451 y
451-454, respectivamente). Las dos se iluminan y enriquecen entre sí.
Recordando sus horas cerca de la
familia de Gómez, describe Martí un hogar al que “no llega ninguna de las
envidias y cobardías que perturban el mundo”. Francisco, que aún no rebasaba la
adolescencia, ardía en deseos de participar en la lucha armada (en la que
moriría heroicamente el 7 de diciembre de 1896, junto a Maceo). Otro hijo,
Máximo, más joven, “se ha leído toda la vida de Bolívar, todos los volúmenes de
su padre”, y “prefiere a todas las lecturas el Quijote, porque le parece que
‘es el libro donde se han defendido mejor los derechos del hombre pobre’”.
Lo descrito en la semblanza lo
ratifica en la carta del 3 de marzo de 1894 donde le habla a Gómez acerca de
Francisco y Máximo: “Ellos dos me entienden bien: esas dos nobles criaturas: y
Manana y Clemencia” (Ep., IV, 69). Clemencia, también muy joven, era la mayor
de la prole, y se dirigía a Martí como “tu hermana”, expresión del afecto mutuo
que se profesaron. El 3 de noviembre del mismo año Martí le escribe a Gómez:
“¿Y mi Pancho? ¿Y Clemencia que me parece mía?” (Ep., IV, 317).
A ella le dedica en su álbum de
autógrafos juicios como este, que es frecuente citar: “El que piensa en
pueblos, y les conoce la raíz, sabe, Clemencia, que no puede ser esclavo el
hombre que vea centellear en tus ojos el alma heroica de la patria, ni el
pueblo que tiene de raíz una casa como la tuya” (O.C.,V, 21).
Para Martí, la familia forjada
por Gómez y su abnegada compañera cubana, Bernarda Toro, Manana, encarnaba una profunda
fe de vida, raigalmente distinta de herencias versallescas que en el mundo han
sido letales para proyectos revolucionarios. Esa fe de vida la sintetizó al
reseñar en la citada semblanza un homenaje ofrecido a Gómez y a él en tierra
dominicana.
De ese hecho recuerda: “Y como en
la sala de baile, colgado el techo de rosas y la sala henchida de señoriles
parejas, se acogiese con su amigo caminante a la ventana”, frente a la “que se
apiñaba el gentío descalzo, volvió el General los ojos, a una voz de cariño de
su amigo [el propio Martí], y dijo, con voz que no olvidarán los pobres de este
mundo: ‘Para esto trabajo yo’”. Lo que Martí agrega, subraya la identificación
–hermandad– entre él y Gómez.
Pero eran muchos los obstáculos
contrarios a la revolución, y Martí sabía que su presencia en ella era
necesaria. No asoma en sus textos disposición alguna a quedarse en el
extranjero como auxiliar de la revolución. Tenía decidido estar presente en
campaña atendiendo cada detalle y enfrentando peligros, aunque no fueran más
(ni menos) que los afincados en discrepancias sobre cómo conducir la contienda
y sentar desde ella las bases para la República futura.
Los criterios sobre su lugar en
la guerra serían diversos –los bienintencionados venían de quienes deseaban
cuidar su vida–, pero él sabía cuál era ese lugar. No se trataba de mostrarle a
nadie su capacidad para desenvolverse en campaña –capacidad con la que
asombraría al mismo Gómez–, sino de cuidar también con su desvelo, y con su
ejemplo, el proyecto de emancipación por el que tanto había bregado, y
bregaría.
En 1895 la publicación de una
noticia falsa –que ya él y Gómez habían llegado a Cuba, cuando aún estaban en
tierra dominicana– pudo servirle para calzar, por encima de cualquier otro
criterio, su decisión de arribar a la Isla. Pero esa noticia no fue la causa de
que lo hiciera. No lo guiaba lo que cierta invidencia posmoderna puede asumir
como levedad, sino la densidad de su sentido misional de la vida. De él vale
decir lo que un amigo sabio le dijo al autor de este artículo acerca de Fidel
Castro, cuando aún vivía: “Para él no existe lo aleatorio y, si existe, lo
convierte en programa”.
Tampoco había en Martí vocación
suicida. Era muy alto y claro su sentido de responsabilidad para permitirse
interrumpir su misión con un paso de esa índole. En su a veces mal leída carta
del 25 de marzo de 1895 a Federico Henríquez y Carvajal no expresa vanidad alguna,
sino conciencia de lo que peligra, al decir: “Yo alzaré el mundo. Pero mi único
deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado.
Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras
repúblicas”.
Servir a Cuba, a nuestra América
y al mundo
Pero tras pero, traza todo un
programa: no era hora de morir, sino de vivir, y eso incluía morir dignamente,
si llegaba el momento. El aún puedo servir no se presta a dudas: su misión
revolucionaria era valiosa para nuestras repúblicas, no solo para Cuba. La
explicación que añade, remite a otros textos suyos conocidos: “Las Antillas
libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y
lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del
mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, –y yo, a rastras, con
mi corazón roto”.
Era demasiado grande lo que se
decidía, para que le fuera indiferente llegar a Cuba o permanecer lejos de
ella. Que a Henríquez y Carvajal le escriba: “De mí espere la deposición
absoluta y continua” (Ep., V, 118), lo explica el haber contribuido él mismo
decididamente a que la revolución no tuviera una dirección caudillesca.
A ese fin contribuyó en la paz el
Partido, y se haría en campaña la asamblea que planeó para crear la dirección
de la República en Armas. Con esa guía desembarcó en Cuba por La Playita de
Cajobabo, junto a Gómez y sus cuatro compañeros, a quienes dejó lejos de la
costa en noche tormentosa el carguero alemán Nordstrand, cuyo capitán cobró
dinero en efectivo y un fondo de garantía por el servicio.
Con el desembarco en Cuba
finalizaron una ardua y peligrosa travesía por otras tierras y mares de las
Antillas, donde los revolucionarios –cubanos y dominicanos– hallaron apoyo solidario,
como el que les ofrecieron “el buen David, de las islas Turcas”, que los
acompañó en parte del recorrido, y el cónsul de Haití en Gran Inagua, M. B.
Barbes, que les extendió los pasaportes (Ep., V, 161), documentación con
nombres falsos.
Era consciente de que la
revolución debía vencer grandes escollos. Pero, si en 1884 se mantuvo firme en
su discrepancia con Gómez, ¿cómo iba a renunciar a su firmeza en 1895, cuando
tenía la autoridad política alcanzada con años de labor revolucionaria? Su resolución
la ratificó en campaña el 5 de mayo de 1895, en La Mejorana, al tener con
Antonio Maceo la discusión sobre la cual se han vertido las que Manuel Isidro
Méndez llamó “suposiciones impropias” y “versiones infundiosas”.5 El Diario de
campaña de Martí –en particular la reseña, que aquí se citará, de aquel día– y
otras fuentes fiables, como el Diario de Gómez, ofrecen luz sobre los hechos.
Punto candente del debate fue la
formación del gobierno para la República en Armas. Sobre todo por motivos como
las malas experiencias con la cámara republicana creada en 1869 en Guáimaro,
Maceo reaccionó contra el civilismo que creía ver en Martí, y propuso “una
junta de los generales con mando, por sus representantes, –y una Secretaría
General:–la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al
ejército, como Secretaría del Ejército”. Martí lo testimonió en su Diario de
campaña, y plasmó asimismo su respuesta: “Mantengo, rudo: el Ejército, libre,–y
el país, como país y con toda su dignidad representado” (O.C.,XIX, 228 y 229).
La elección del 10 de abril para
proclamar el Partido en 1892 no fue un mero hecho fortuito: el Martí que había
señalado errores de la República de Guáimaro, y que no aprobaría los excesos
civilistas que contribuyeron al estancamiento de la revolución, también sabía
necesario cultivar la civilidad –no civilismo– abonada por aquella República.
En campaña, su asimilación de las
luces y las sombras de ese legado se expresaría en el empeño por dotar a la
Revolución de un ejército con la debida libertad de acción militar, para una
patria también libre. El propio Maceo, poco más de dos meses después de su
intemperancia en La Mejorana, le escribió a Bartolomé Masó el 14 de julio: “si
bien es verdad que a la llegada del general Gómez y Martí creí un lujo
prematuro la formación del Gobierno, también lo es el que lo crea hoy de
imperiosa necesidad como prestigio y conveniencia de la Revolución ya
desenvuelta; hecho que pide toda la gente de esta provincia” (cit. por Méndez).
En la víspera de su muerte en
combate Martí ratificó que iba hacia la celebración de la asamblea en que se
debía crear el gobierno, y que él concibió en los términos más democráticos
posibles para las circunstancias de la guerra. En su interminada carta póstuma
a Mercado escribió: “seguimos camino, al centro de la Isla, a deponer yo, ante
la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se
acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de
delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas”.
A esa asamblea –no a ninguna
autoridad individual– le reconocía la facultad de decidir qué lugar debía
ocupar él, qué funciones desempeñaría quien había sido el Delegado del Partido
Revolucionario Cubano, y cuál sería el destino de esa organización, que había
sido fundamental en los preparativos de la guerra.
De ahí que le escriba a Mercado:
“Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo
mueve, o sin ella, y sé cómo se encienden los corazones, y cómo se aprovecha
para el revuelo incesante y la acometida el estado fogoso y satisfecho de los
corazones. Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas; y las cosas de hombres,
hombres son quienes las hacen”.
De un modo que recuerda lo que le
había expresado a Henríquez y Carvajal, añade: “Me conoce. En mí, solo
defenderé lo que tenga yo por garantía o servicio de la revolución. Sé
desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.–Y
en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros” (Ep., V,
251-252).
Así se pronuncia el
revolucionario que en las Bases del Partido había fijado la voluntad de no
perpetuar en la Cuba independiente, “con formas nuevas o con alteraciones más
aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática
de la colonia”. La meta era “fundar en el ejercicio franco y cordial de las
capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia,
capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas
sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para
la esclavitud” (O.C.,I, 279).
Causa común con los oprimidos
No se habrá repetido demasiado
que, tanto en lo interno cubano como en el contexto mundial de entonces –y no
solo de entonces–, se debe apreciar el valor de los calificativos presentes en
“un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Con ellos Martí ratificaba la
actitud transformadora con que dirigía los preparativos de la contienda y
trazaba las perspectivas que debían guiarla.
Mucho se ha especulado en torno a
la asamblea, pero nada desmiente la resolución expresada por Martí en su carta
póstuma, en la que da por sentado que iba hacia esa reunión. Y, si de especular
se trata, cabría preguntarse a quién habría elegido para la máxima autoridad de
la República en Armas la “asamblea de delegados del pueblo cubano visible”. ¿No
habría elegido al líder que había sido fundamental en los preparativos de la
guerra, y a quien, en expresión de apoyo y respeto, llamaban Presidente las
masas a las que él enardecía con su palabra en los campos de Cuba?
Que ante discrepancias resumidas
en su Diario de campaña, dijera que ese título no estaba bien ni en él ni en
nadie, no sugiere que rehuiría la tarea concentrada en el título. Piénsese en
su originalidad –todavía hoy ejemplar, y atendible– para replantear cargos y
títulos. Si para el máximo dirigente del Partido Revolucionario Cubano escogió
Delegado, ¿no habría procurado que se hiciera algo similar para los cargos de
la República en Armas?
En cuanto a contradicciones, si
desde 1884 las hubo de distintos modos y por etapas entre él, Gómez y Maceo,
fue porque los tres permanecieron vinculados en la vanguardia revolucionaria.
Él mantuvo su afán de fundar en Cuba –repítase– “un pueblo nuevo y de sincera
democracia”. Para eso buscaba librar a la sociedad cubana tanto de peligros que
venían del exterior como de los internos. Y decidió llegar –él también en una
cáscara o en un leviatán– a la guerra cuya orientación sabía necesario cuidar
de cerca.
Entre alusiones a su entrevista
en campaña con el corresponsal de The New York Herald, en la carta póstuma a
Mercado impugna “la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad
de los aspirantes”, y a “la especie curial, sin cintura ni creación, que por
disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden sin fe la
autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les
mantenga, o les cree, en premio de su oficios de celestinos, la posición de
prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y
conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”
(Ep., V, 250-251). También por eso afirma que todo cuanto había hecho, y haría,
era para impedir la expansión de los Estados Unidos.
Lamentablemente, el gobierno de
la República en Armas se constituyó sin la presencia de quien había expresado
su identificación con los pobres de la tierra. Su muerte privó a Cuba del guía
que habría tenido también para ella la claridad con que en “Nuestra América”
(1891) sintetizó un ideal incumplido en las repúblicas que se habían instaurado
en la región: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el
sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores” (O.C.,VI.
19).
Por muchas razones él y su
pensamiento perduran, y ninguna oscuridad podrá ocultar su vigencia. Al
rendirle homenaje por la tragedia del 19 de mayo de 1895 se piensa, sobre todo,
en el 28 de enero de 1853, comienzo de una vida que no cesa. Que no cesará.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
1 Para mayor fidelidad textual
las cartas de Martí se citan por su Epistolario [Ep.], La Habana, 1993; los
tomos se indican con números romanos, y con arábigos las páginas.
2 Otros textos de Martí se citan
por sus Obras completas [O.C.], La Habana, 1963-1966 (con reimpresiones), y los
tomos y las páginas se indican también con números romanos y arábigos,
respectivamente.
3 Ese discurso, para cuyo
tratamiento falta aquí espacio, lo trato en “Leer la Lectura”, texto incluido
en mi libro Ensayos sencillos con José Martí, La Habana, 2012, pp. 4-23.
4 Al tema he dedicado, entre
otros acercamientos, “José Martí y Máximo Gómez: en el camino de la hermandad”,
José Martí, con el remo de proa, La Habana, 1990, pp. 156-182, y “José Martí:
una carta programa”.
5 La edición más reciente del
texto de Méndez (Acerca de “La Mejorana” y “Dos Ríos) se halla en José Martí.
Valoración múltiple, La Habana, 2007, t. 1, pp. 177-189; las citas empleadas se
hallan en pp. 188, 189 y 183, respectivamente. En torno al tema abundo en
“Sobre la presencia de Antonio Maceo en el Diario de campaña de José Martí”,
Ensayos sencillos…, cit. en n. 2, pp. 44-63.
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