El 8 de agosto de 1955, desde el exilio en México, Fidel Castro dio forma a uno de los documentos más decisivos de la historia revolucionaria cubana: el Manifiesto Número Uno del Movimiento 26 de Julio. No fue solo una proclama política, sino un llamado urgente a la conciencia nacional, una arenga sin ambages contra la dictadura de Fulgencio Batista, y una reafirmación del programa revolucionario que Fidel había delineado en La Historia me absolverá.
Este manifiesto, escrito con la claridad de quien no teme asumir la responsabilidad de sus palabras, sintetizaba en 15 puntos las transformaciones que el Movimiento consideraba imprescindibles: reforma agraria, nacionalización de monopolios, justicia social, salud, educación, vivienda, y dignidad para los excluidos. Era, en esencia, una hoja de ruta para la Cuba que soñaban construir.
Fidel no escribía desde la comodidad del análisis político, sino desde la urgencia de la acción. El manifiesto fue distribuido clandestinamente en Cuba, con 50 mil ejemplares que debían circular el 16 de agosto, aniversario de la muerte de Eduardo Chibás.
Este documento no solo marcó el inicio formal del M-26-7 como fuerza organizada, sino que también selló el compromiso de una generación que eligió la lucha armada ante el silencio cómplice de los partidos tradicionales. Fue el primer paso hacia la Sierra, hacia el Granma, hacia la Revolución.
Manifiesto no. 1 del 26 de Julio al Pueblo de Cuba
Vivo por mi patria y
por su libertad real,
aunque sé que la vida no me ha de alcanzar
para gozar del fruto de mis labores,
y que este servicio se ha de hacer
con la seguridad, y el ánimo,
de no esperar por él recompensa.
JOSÉ MARTÍ
Mis deberes para con la patria y
para con mis convicciones están por encima de todo esfuerzo humano, por ello
llegaré al pedestal de los libres o sucumbiré luchando por la redención de mi
pueblo.
ANTONIO MACEO
Bajo este nombre de combate, que
evoca una fecha de rebeldía nacional, se organiza hoy y prepara su gran tarea
de redención y de justicia el movimiento revolucionario cubano.
Por acuerdo expreso de sus
dirigentes se me confió la redacción de este primer manifiesto al país y los
que en lo sucesivo verán la luz en forma clandestina.
Al cumplir esta misión que me
impone el deber, no vacilo en asumir la responsabilidad que implica calzar con
nuestra firma estas proclamas que serán una constante arenga al pueblo, un
llamado sin ambarges a la revolución, y un ataque frontal a la camarilla de
criminales que pisotea el honor de la nación y rige sus destinos a contrapelo
de su historia y de la voluntad soberana del pueblo. Y aunque en estos
instantes me encuentre ausente del territorio nacional y por tanto fuera de la
órbita de los tribunales que en él imparten las sentencias que les dicta el
amo, no vacilé tampoco en hacerlo cuando delante del tribunal que me juzgaba
desenmascaré a los verdugos en pleno rostro, o desde las propias prisiones
acusé con sus nombres al dictador y a sus generales sanguinarios de los
crímenes del Moncada en manifiesto de fecha 6 de enero de 1954, o rechacé la
amnistía bajo condiciones previas, o ya en libertad puse en evidencia ante todo
el pueblo la entraña cruel e inhumana del régimen de Batista. ¡Qué me importan
todas las acusaciones que puedan hacerme ante los tribunales de excepción! Cuba
es mi patria y a ella no volveré nunca o volveré dignamente como me lo tengo
prometido. Las naves están quemadas: o conquistamos patria a cualquier precio,
donde pueda vivirse con decoro y con honor, o nos quedamos sin ella.
«Patria es algo más que opresión,
algo más que un pedazo de tierra sin libertad y sin vida».
Apenas es necesario justificar la
utilización de este medio para exponer nuestras ideas. La clausura del
periódico La Calle, cuya valiente postura le ganó las simpatías del pueblo,
aumentando su circulación a más de veinte mil ejemplares en solo unas cuantas
semanas, rubricó la mordaza más o menos disimulada que desde hace más de tres
años mantiene la dictadura sobre la prensa legal de Cuba.
El espíritu de censura y de Ley
de Orden Público con que el régimen quiso ocultar al pueblo la bárbara masacre
del Moncada, pesa como una garra suspendida sobre los órganos de opinión
pública. La clausura del cívico periódico de Luis Orlando fue una advertencia
más a la prensa de que sus opiniones no puedan pasar de ciertos límites, en
realidad, inofensivos para los que mandan; como lo fueron en otras tantas
oportunidades las torturas a Mario Kuchilán y Armando Hernández, el asalto a la
Universidad del Aire y al periódico Pueblo, el palmacristazo a los locutores de
la CMKC, las agresiones a numerosos reporteros gráficos, la condena a Luis
Conte Agüero y a Pincho Gutiérrez, las clausuras a Pardo Llada, Guido García
Inclán, Max Lesnick, Rivadulla, García Sifredo y otras arbitrariedades que
hacen interminables el capítulo de agresiones a la libre emisión del
pensamiento desde el 10 de marzo.
Contra el que esto escribe se
ensañó de modo especial la inquisición gubernamental. A partir de nuestro
escrito en la revista Bohemia, respondiendo a la cobarde provocación de un
esbirro miserable que vino por lana y salió trasquilado, prohibieron de modo
drástico y definitivo la presencia nuestra en cualquier tribuna radial o
televisada.
Dos veces consecutivas se impidió
la transmisión del Partido del Pueblo Cubano que de este modo solo podría
seguir saliendo al aire a condición de que nuestra voz no pudiese ser escuchada
por el pueblo. En telegrama 142 R-OU-OF urgente de fecha junio 13 de 1955 se
hacía constar a la empresa que se había iniciado un expediente privándome de
ese derecho. Caso insólito: se clausuraba no una estación, o un programa, sino
un ciudadano. Ese gran trotador de todos los pesebres gubernamentales que es
Ramón Vasconcelos, cuyo periódico lo compró siendo ministro de Carlos Prío,
desde cuyas páginas lanzó contra él cuando se alzó con el santo y la limosna,
los más terribles ataques sin que nadie lo clausurara, que no era siquiera
batistiano la víspera del 10 de marzo porque andaba a la caza de un acta
senatorial por los predios de la ortodoxia, había encontrado en verdad un modo
sui géneris de ahogar la verdad.
Se utilizaron con éxito todos los
resortes del poder para imponer la consigna de silenciarme en todas partes, lo
que demuestra hasta qué punto se ahoga hoy en Cuba toda manifestación moral
nueva en el vergonzoso consorcio de la opresión, los intereses creados y la
hipocresía general.
De este modo, cuando Santiago
Rey, otro cínico, que fue priísta hasta el 10 de marzo de 1952, batistiano
hasta el 10 de octubre de 1944, y machadista hasta el 12 de agosto de 1933,
ordenó la clausura del periódico La Calle, el mismo día que en un artículo
nuestro titulado «Aquí ya no se puede vivir», respondíamos a una de las
estúpidas acusaciones del coronel Carratalá y lo emplazábamos para que
denunciara en cambio ante los tribunales los nombres de los jefes policíacos
que se habían enriquecido con el juego ilícito, nos quedamos sin una tribuna
donde exponer nuestro pensamiento.
Otro tanto hicieron con cuantos
actos públicos se convocaron con el anuncio de nuestra presencia comenzando con
el mitin de recibimiento a los presos políticos en la escalinata universitaria.
Llegaron al extremo de prohibir una cinta cinematográfica donde se reseñaba una
visita nuestra en compañía de Guido García Inclán al Noticiero Nacional,
irritados ante las muestras de simpatía que daba el público.
Nos quedamos sin poder hablar, ni
escribir, ni dar actos públicos, ni ejercer derechos cívicos de cualquier
índole. Como si no fuéramos cubanos, como si no tuviéramos ningún derecho en
nuestra patria, como si hubiéramos nacido parias y esclavos en la tierra
gloriosa de nuestros libertadores inmortales.
¿A eso se llama
constitucionalidad, igualdad ante la ley, garantías para la lucha cívica?
En Cuba solo tienen derecho a
escribir cuanto se les antoja los seis libelos que sostiene la dictadura con el
dinero que les esquilma a los maestros y empleados públicos; en Cuba solo
pueden reunirse libremente los incondicionales del régimen o los que les hacen
el juego desde una oposición dócil e inofensiva; en Cuba solo tienen derecho a
vivir los que se ponen de rodillas.
La mala fe del régimen, el
espíritu mezquino con que concedió la amnistía que le arrebató el pueblo, quedó
evidenciado desde los primeros instantes. A los tres días de estar en la calle
se lanzó ya contra nosotros la primera falsa acusación de actividades
subversivas, cuando apenas nuestros familiares habían tenido tiempo de
saludarnos y expresar su júbilo en la ingenua creencia de que se iniciaba una
etapa distinta de sosiego y de respeto ciudadano, y de que sus hijos no se
verían de nuevo envueltos en la vorágine de la contienda revolucionaria, agonía
y martirio, que lleva ya tres años y medio, donde la pena más honda no es del
combatiente que lucha resuelto sin importarle el riesgo, sino de las madres que
son, como expresó Martí, «amor y no razón», y lloran con dolor inconsolable.
Habíamos cambiado de cárcel. Un
espectáculo de hambre y de injusticia por doquier. Y la dura lucha que el ideal
impone, que la dignidad impone, que el deber manda, se iniciaba de nuevo, para
cesar solo cuando no queden opresores en Cuba o caiga sobre la tierra
martirizada y triste el último revolucionario.
Los que dudan de la firmeza con
que llevaremos adelante nuestra promesa, los que nos creen reducidos a la
impotencia porque no tenemos fortuna privada que poner a disposición de nuestra
causa, ni millones robados al pueblo, recuerden el 26 de Julio; recuerden que
un puñado de hombres con quienes no se contaba para nada, sin recursos
económicos de ninguna clase, y sin más armas apenas que su dignidad y sus
ideales, enfrentándose a la segunda fortaleza militar de Cuba, hicieron ya una
vez lo que otros con inmensos recursos no han hecho todavía; recuerden, que hay
un pueblo con la fe puesta en sus honrados defensores, dispuesto a reunir
centavo a centavo los fondos necesarios, para que no vayan de nuevo desarmados
los brazos que conquistarán la libertad con sangre limpia y dinero limpio;
recuerden, en fin, que por cada uno de los jóvenes que cayó en Santiago de Cuba
hay miles más esperando el santo y seña para entrar en combate, que cien mil
idealistas forman hoy la reserva revolucionaria del pueblo. Y por cada uno de
los que escriben su prédica cobarde, de envilecimiento, entreguismo y
transacción con los opresores, aconsejando a nuestro pueblo la sumisión
pacífica a la tiranía, renunciando a su tradición de pueblo rebelde y decoroso,
como si en Cuba no hubiera pasado nada el 10 de marzo, hay un millón de voces
maldiciéndolos.
Las voces de los que están
pasando hambre en los campos y ciudades, las voces desesperadas de los que no
tienen trabajo ni esperanza de encontrarlo, las voces indignadas de nuestros
trabajadores para quienes en hora maldita asaltó Batista el poder, las voces de
todo un pueblo pisoteado y burlado que ha visto a sus hijos asesinados en las
sombras que no se resigna a vivir sin derecho y libertad.
¡Tercos los que creen que un
movimiento revolucionario vale por la cantidad de millones a su alcance y no
por la cantidad de razón, idealismo, decisión y decoro de sus combatientes!
«¡Lo que importa –como dijo Martí– no es el número de armas en la mano, sino el
número de estrellas en la frente!».
A los que nos piden que
abandonemos la lucha revolucionaria para acogernos a las limosnas de legalidad
que ofrece el régimen, les respondemos: ¿por qué no le piden primero a Batista
que renuncie al poder?
Él es el único obstáculo; él fue
quien recurrió a la violencia cuando todas las vías legales estaban abiertas;
él apaña y protege a los esbirros que asesinan y matan; él, exclusivamente él,
es quien ha provocado esta situación de incertidumbre, de intranquilidad y de
ruina.
¿Por qué pedirle a un pueblo que
renuncie a sus derechos y no pedirle a un aventurero con suerte que abandone el
poder que no le corresponde?
A los que aconsejan impúdicamente
la asistencia a unas elecciones parciales como solución nacional, les
respondemos: ¿a quién le importan esas elecciones? La inconformidad no está en
los políticos que ambicionan cargos, sino en el pueblo que ambiciona justicia.
Piensan muy mal de los cubanos los que crean que sus graves problemas
políticos, sociales y económicos se reducen a satisfacer las apetencias de un
centenar de menguados aspirantes a unas cuantas alcaldías y actas de
representantes. ¿Qué ha dado la politiquería al país en los últimos cincuenta
años? Discursos, chambelonas, congas, mentiras, componendas, engaños, traiciones,
enriquecimiento indebido de una caterva de pillos, palabrería hueca,
corrupción, infamia. Nosotros no vemos la política como la ven los políticos al
uso. No nos importan los beneficios personales sino los beneficios del pueblo
al que servimos desinteresadamente como misioneros de un ideal de redención. La
gloria vale más que el triunfo, y «no hay más que una gloria cierta y es la del
alma que está contenta de sí». Si queremos el poder es como medio y no como un
fin en sí mismo. Nadie nos ofrezca esas migajas electorales con que Batista
compra a sus enemigos de poca monta; el orgullo con que sabemos despreciarlas
vale más que todos los cargos electorales juntos.
A los que hablan de elecciones
generales, les preguntamos: ¿elecciones con Batista o sin Batista? Con Batista
fueron las elecciones generales del 1 de noviembre, las más escandalosas y
fraudulentas que recuerda nuestra vida republicana, mancha imborrable en
nuestra tradición democrática, que nos retrogradó a etapas que parecían ya
superadas para siempre. ¿Qué responden a eso los defensores de la solución
electoral presidida por Batista? ¿Qué argumentos les quedan después de ese
escándalo sin precedente? ¿No emplearon antes exactamente las mismas razones,
las mismas palabras, las mismas mentiras? ¿Es que acaso puede alguien olvidarse
de aquella movilización de tanques por las carreteras y las dramáticas
despedidas de Tabernilla en la Estación Terminal, cual si los soldados
partiesen para un campo de batalla? Después de esa experiencia de noviembre,
después de un golpe de estado a ochenta días de las elecciones, el 10 de marzo,
por la sola razón de que no tenían la mejor oportunidad de triunfo, ¿puede
alguien hacer creer a nuestro escéptico pueblo en unas elecciones honradas con
Batista en el poder? Traicionan deliberada y criminalmente al pueblo los que
quieren despertarle la ilusión de que la historia del 44 se pueda repetir.
Pretenden hacer creer que las circunstancias son iguales; olvidan el signo de
los tiempos, no distinguen entre la hora actual de una América invadida cada
vez más de dictaduras reaccionarias y el instante en que aquel hecho se produjo
bajo el signo contrario de un mundo estremecido por una ola de entusiasmo
popular y optimismo democrático que con los últimos disparos en Europa concebía
esperanzas de un porvenir más feliz y humano para los pueblos. Cedió Batista
entonces ante la opinión pública mundial como cedieron acobardadas las
camarillas gobernantes de Perú, Venezuela, Guatemala y otros países del
continente americano.
La única solución cívica por
tanto que nosotros aceptaríamos, la única honesta, lógica y justa es la de
elecciones generales inmediatas sin batista.
Mientras, seguiremos sin descanso
en nuestra línea revolucionaria. Y una pregunta a los que demandan elecciones
generales como única solución: ¿qué harán si como es probable Batista se niega
de plano a concederlas? ¿Se cruzarán de brazos a llorar como Magdalenas lo que
no han tenido valor de exigir con decoro? «Los derechos se toman, no se piden;
se arrancan, no se mendigan». El pueblo espera también la respuesta.
A los que afirman que la
Constitución de 1940 ha sido restablecida, les decimos que mienten
descaradamente. Un principio fundamental de nuestra constitución prohíbe
terminantemente la reelección presidencial, y Batista se reeligió en el cargo
el 1 de noviembre. No renunció siquiera: pidió licencia y dejó a un criado suyo
en el Palacio Presidencial. Si la constitución dice que cualquiera que haya
ocupado el cargo no podrá ocuparlo hasta pasado ocho años, la permanencia de
Batista en la presidencia es inconstitucional.
Otro precepto establece que la
soberanía radica en el pueblo y de él dimanan todos los poderes; si esto es
cierto, la constitución está vigente, ninguno de los que se autoeligieron en
los comicios unilaterales y fraudulentos del 1 de noviembre tiene derecho a
ocupar los cargos que ostentan, y deben por tanto renunciar todos
inmediatamente. En el pueblo radica la soberanía y no en los cuarteles. Es
Batista el principal enemigo de nuestra constitución, la que destrozó
ignominiosamente el 10 de marzo; no caben los dos en la misma república.
A los que acusan a la revolución
de perturbar la economía del país, les respondemos: para los guajiros que no
tienen tierra no existe economía, para el millón de cubanos que están sin
trabajo no existe economía, para los obreros ferrocarrileros, portuarios,
azucareros, henequeneros, textileros, autobuseros y otros tantos sectores a
quienes Batista ha rebajado sus salarios despiadadamente no existe economía, y
solo existirá para todos ellos mediante una revolución justiciera que repartirá
la tierra, movilizará las inmensas riquezas del país y nivelará las condiciones
sociales poniendo coto al privilegio y la explotación. ¿Acaso puede esperarse
ese milagro de los candidatos a representantes en las elecciones parciales que
se anuncian?
¿O se trata por ventura de la
economía de los senadores que ganan cinco mil pesos mensuales, de los generales
millonarios, de los trusts extranjeros que explotan los servicios públicos, de
los grandes terratenientes, de la tribu de parásitos que medran y se enriquecen
a costa del estado y del pueblo? Entonces: ¡bienvenida la revolución que
perturbe la economía de los pocos que disfrutan de ella pantagruélicamente! Al
fin y al cabo no solo de pan vive el hombre.
Y otra pregunta para los que
hablan de economía: ¿no está comprometiendo Batista el crédito del país por
treinta años? ¿No pasa la deuda pública de ochocientos millones de pesos? ¿No
hay un déficit de más de cien millones? ¿No está pignorando las reservas
monetarias de la nación a los bancos extranjeros buscando dinero como un
desesperado? ¿No despilfarra los trescientos cincuenta millones de pesos del
último empréstito comprando aviones de propulsión a chorro y cosas por el estilo,
sin plan ni programa, ni más consejos que sus personalísimos caprichos? ¿Se
puede jugar así con el destino de un país? ¿Lo autorizó alguien para emprender
esas locas aventuras crediticias? ¿Consultó al pueblo en algún sentido? ¿A
cuánto ascienden por último los millones que personas muy allegadas a Batista
trasladan periódicamente a los bancos norteamericanos? A nosotros nos
corresponde más que a nadie preocuparnos, porque nosotros y las generaciones
venideras tendremos que pagar las terribles consecuencias de esa política
corrompida y desenfrenada.
La propia economía del país exige
un cambio inmediato y radical de gobierno.
A los que afirman que la
revolución trae el luto a la familia cubana, les respondemos: luto trae en los
campos de Cuba el hambre que diezma a las familias; luto traen los políticos
corrompidos que se roban el dinero de los hospitales; luto traen los esbirros
que asesinaron a Rubén Batista, a los esposos santiagueros Oscar Medina Salomón
y María Rodríguez, al líder obrero camagüeyano Mario Aróstegui, al líder
auténtico Mario Fortuny, al soldado revolucionario Gonzalo Miranda Oliva, al
comandante de la Marina Jorge Agostini, y a 60 jóvenes prisioneros en el
cuartel Moncada. Sangre de estudiantes, de obreros, de profesionales, de
militares honestos, de hombres y mujeres de todos los partidos y de todas las
clases sociales; sangre limpia, sangre honrada, sangre cubana, sangre de
combatientes que no podían defenderse en el instante de ser inmolados.
Los voceros de la dictadura hacen
hoy más énfasis que nunca en la contienda cívica y las vías legales como el
camino que deben seguir sus adversarios. No pensaron igual cuando el 10 de
marzo perpetraron contra la nación el más injustificable crimen que pudo
concebirse. ¡Y entonces sí estaban abiertas todas las vías cívicas y legales
para la lucha política! Ahora, cuando han cerrado todos los caminos de la paz,
hablan de paz; ahora, cuando todos se han acomodado a su manera por la fuerza,
hacen la apología de la legalidad; ahora, cuando llevan casi cuatro años
instalados en un poder que no tienen derecho a ejercer, lucrando y
aprovechándose a la vista de toda la nación, repartiendo prebendas y gajes
entre los amigos, incondicionales y parientes de toda la camarilla, y han
estado utilizando constantemente el abuso y la imposición para mantener sus
privilegios, gritan a los cuatro vientos que el único modo justo y decente de
combatirlos a ellos es la política. La política, como concebía Martí y la
entendemos nosotros, es el arte de conservar en paz y grandeza la patria, mas
no el vil arte de elaborar una fortuna a sus expensas. «La patria no es comodín
que se abre y cierra a vuestra voluntad; ni la república es un modo de mantener
sobre el país, a buena cama y mesa, a los perezosos y soberbios, que en la ruindad
de su egoísmo se creen carga natural y señores ineludibles de su pueblo
inferior».
A los que entonan sus cantos de
beatas a favor de la paz, como si pudiera haber paz sin libertad, paz sin
derecho, paz sin justicia, no han encontrado todavía en cambio la palabra
adecuada para condenar los CIEN CRÍMENES que se han cometido desde el 10 de
marzo, ni los atropellos diarios, los asaltos a los hogares a media noche, las
detenciones arbitrarias, las acusaciones falsas, las condenas injustas, ¿Qué
han dicho de ese joven guantanamero, humilde agente del periódico La Calle,
torturado atrozmente, sobre cuyos testículos estrangulados arrojaron sus
verdugos un ácido corrosivo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada!
¡Alerta, pues, cubanos! Contra
los que te aconsejan sumisión cobarde ante la tiranía, venga de donde venga el
consejo, porque esos les cobran a Batista el precio de sus hipócritas sermones.
La paz que quiere Batista es la
que quería España; la paz que queremos nosotros, es la paz que quería Martí.
Hablar de paz bajo la tiranía es
ultrajar la memoria de todos los que han caído por la libertad y la felicidad
de Cuba. También entonces hubo reformistas y autonomistas que combatieron con
saña cobarde la digna actitud de nuestros libertadores y aceptaban como
solución las migajas electorales que les ofrecían los amos de aquella época.
Las calles y los parques de nuestras ciudades y pueblos llevan los nombres y
ostentan con orgullo las estatuas de Maceo, Martí, Máximo Gómez, Calixto
García, Céspedes, Agramonte, Flor Crombet, Bartolomé Masó y otros próceres
ilustres que supieron rebelarse; en la escuela se enseña nuestra historia
gloriosa y se venera con unción el 10 de Octubre y el 24 de Febrero. Estas no
fueron fechas de sumisión ni de acatamiento resignado y cobarde al despotismo
imperante; ni fueron aquellos los que extendieron la mano limosnera para
recibir de España un cargo de diputado en las cortes o en el senado de la
metrópoli.
Todos los esfuerzos del régimen
serán inútiles. El 26 de Julio hará llegar su palabra revolucionaria hasta el
último rincón de Cuba. Nuestros manifiestos por decenas de miles circularán por
todo el país clandestinamente, invadiendo fábricas, campos y pueblos; hombres y
mujeres, deseosos de ayudar a nuestra causa los reproducirán a mano o en
máquina en todas partes, sabiendo que con ello ponen un granito de arena en
esta lucha heroica de la nación en contra de sus opresores; penetrarán hasta
los cuarteles, los barcos de guerra, las estaciones de policía y los
campamentos militares.
No tememos hablar al militar,
contra el que no albergamos odio en nuestros corazones de cubanos honrados; al
militar que ha sido vilmente tomado de instrumento para que camarillas de
políticos se encumbren y enriquezcan; al militar que obligan a constantes y
despiadadas guardias para cuidar los intereses de un puñado de canallas que no
corren ningún riesgo; al militar que obligan a morir sin gloria por un régimen
odiado del pueblo; al militar que Batista engaña miserablemente sin que haya
encontrado todavía el modo de justificar el enriquecimiento desorbitado de los
altos jefes, ni las violaciones del escalafón militar a favor de los parientes
y allegados de los generales, postergando el mérito y la capacidad, ni la
presencia de los gánsteres en su gobierno, ni las frecuentes rebajas a sus
sueldos mientras que a cada senador que nadie eligió ni a nadie representa
cobra cinco mil pesos y el propio Batista se lo aumenta a la fabulosa suma de
setenta mil mensuales, setenta veces más de lo que cobra el primer ministro de
Inglaterra; al militar que lo defendimos cuando nadie lo defendió, que lo
combatimos cuando se puso junto a la tiranía y que lo recibiremos con los
brazos abiertos cuando se sume a la bandera de la libertad. Al militar le
diremos la verdad de cubano a cubano y de hombre a hombre, sin miedo ni
lisonja, y a las manos y al corazón de muchos militares honrados llegarán
nuestras proclamas revolucionarias. Al militar hay que liberarlo también de la
tiranía.
El 26 de Julio se integra sin
odios contra nadie. No es un partido político, sino un movimiento
revolucionario; sus filas estarán abiertas para todos los cubanos que
sinceramente deseen restablecer en Cuba la democracia política e implantar la
justicia social. Su dirección es colegiada y secreta, integrada por hombres
nuevos y de recia voluntad que no tienen complicidad con el pasado; su
estructura es funcional; en sus grupos de combate, en sus cuadros juveniles, en
sus células secretas obreras, en su organización femenina, en sus secciones
económicas y en su aparato distribuidor de propaganda clandestina por todo el
país, podrán enrolarse jóvenes y viejos, hombres y mujeres, obreros y
campesinos, estudiantes y profesionales, sino para que todos empuñen un arma
porque nunca habrá suficientes para armar a cada uno de los que quieren dar su
vida en esta lucha, para que participen en ella en la medida de sus fuerzas,
contribuyendo económicamente, distribuyendo una proclama o abandonando el
trabajo en gesto de solidaridad y respaldo proletario cuando los clarines de la
revolución llamen al combate, porque esta ha de ser por encima de todo una
revolución de pueblo, con sangre de pueblo y sudor de pueblo. Su programa,
audaz y valiente se puede sintetizar en los siguientes puntos esenciales:
1. Proscripción del latifundio:
distribución de la tierra entre familias campesinas; concesión impostergable e
intransferible de la propiedad a todos los pequeños arrendatarios, colonos,
aparceros y precaristas existentes; ayuda económica y técnica del estado;
reducción de impuestos.
2. Reivindicación de todas las
conquistas obreras arrebatadas por la dictadura; derecho del trabajador a una
participación amplia en las utilidades de todas las grandes empresas
industriales, comerciales y mineras, que deberá ser percibida por concepto
distinto al sueldo o salario en épocas determinadas del año.
3. Industrialización inmediata
del país mediante un vasto plan trazado e impulsado por el estado que deberá
movilizar resueltamente todos los recursos humanos y económicos de la nación en
un supre¬mo esfuerzo por liberar al país de la postración moral y material en
que se encuentra. No se concibe que exista hambre en un país tan privilegiado
por la naturaleza donde todas las despensas debieran estar abarrotadas de
productos y todos los brazos trabajando laboriosamente.
4. Rebaja vertical de todos los
alquileres, con beneficio efectivo de los dos millones doscientas mil personas
que hoy invierten en ellos la tercera parte de sus entradas; construcción por
el estado de viviendas decorosas para dar albergue a las cuatrocientas mil
familias hacinadas en cuarterías, barracones, solares y bohíos inmundos;
extensión de la electricidad a los dos millones ochocientas mil personas de
nuestra población rural y suburbana que carecen de ella; iniciación de una
política tendiente a convertir cada inquilino en propietario del apartamento o
casa que habita sobre la base de una amortización a largo plazo.
5. Nacionalización de los servicios
públicos: teléfonos, electricidad y gas.
6. Construcción de diez ciudades
infantiles para albergar y edu¬car integralmente doscientos mil hijos de
obreros y campesinos que no pueden en la actualidad alimentarlos y vestirlos.
7. Extensión de la cultura,
previa reforma de todos los métodos de enseñanza hasta el último rincón del
país, de modo que todo cubano tenga la posibilidad de desarrollar sus aptitudes
mentales y físicas en un medio de vida decoroso.
8. Reforma general del sistema
fiscal e implantación de métodos modernos en la recaudación de los impuestos en
forma tal que, evitando filtraciones y malos manejos con las contribuciones, el
estado pueda satisfacer sus necesidades y el pueblo sepa que lo que paga de sus
ingresos se revierte a la colectividad en beneficio de todas clases.
9. Reorganización de la
administración pública y establecimiento de la carrera administrativa.
10. Implantación del escalafón
militar inviolable y la inamovilidad de los miembros de las fuerzas armadas de
modo que solo puedan ser removidos de sus cargos por causas justificadas
promovidas ante tribunales contencioso-administrativos. Supresión de la pena de
muerte en el Código Penal Militar por delitos cometidos en época de paz.
Prestación por los institutos armados de funciones de beneficio social en todo
el país, haciendo censos de carácter económico, catastros de tierra, deslindes,
y construyendo por medio de su cuerpo de ingenieros, con remuneración especial,
escuelas higiénicas y viviendas decorosas para los campesinos, los obreros y
para los propios miembros de las fuerzas armadas que conservarían su propiedad
al retirarse del servicio.
11. Retribución generosa y digna
a todos los funcionarios públicos: maestros, empleados y miembros de las
fuerzas armadas, retirados civiles y militares.
12. Implantación de medidas
adecuadas en la educación y la legislación para poner fin a todo vestigio
discriminativo por razones de raza o sexo que lamentablemente existen en el
campo de la vida social y económica.
13. Seguro social y estatal
contra el desempleo.
14. Reestructuración del poder
judicial y abolición de los Tribunales de Urgencia.
15. Confiscación de todos los
bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos sin exclusión de
ninguna clase para que la república recobre los cientos de millones que le han
arrebatado impunemente y puedan invertirse en la realización de algunas de las
iniciativas anteriores. ¿Alguien duda de que hubiesen sido posible de haber
tenido la nación gobernantes honrados?
Estos puntos serán expuestos
ampliamente en un folleto que será distribuido por todo el país.
La revolución cubana realizará
todas las reformas dentro del espíritu y las pragmáticas de nuestra
Constitución avanzada de 1940, sin despojar a nadie de lo que legítimamente
posee e indemnizando cada uno de los intereses lesionados, con la plena
conciencia que a la larga toda la sociedad saldrá beneficiada.
La revolución cubana castigará
con mano firme todos los actos de violencias contra la persona humana que se
están cometiendo bajo la tiranía, pero repudiará y reprimirá toda manifestación
de venganza innoble inspirada en el odio o las bajas pasiones.
La revolución cubana no hace
compromiso con grupos o personas de ninguna clase, ni a nadie ofrece empleos
públicos civiles o cargos dentro de las fuerzas armadas; respetará la capacidad
y el mérito donde quiera que se encuentren y no considerará jamás el estado
como botín de un grupo victorioso.
Puede hablar así a la nación un
movimiento revolucionario que ha dado ya a la patria una legión de mártires
heroicos que nunca medraron a costa de ella ni tuvieron otra ambición que
servirla sin interés ni cansancio.
Al adoptar de nuevo la línea del
sacrificio asumimos ante la historia la responsabilidad de nuestros actos. Y al
hacer nuestra profesión de fe en un mundo más feliz para el pueblo cubano,
pensamos como Martí que «el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor,
sino de qué lado está el deber», y que ese es el único hombre práctico cuyo
sueño de hoy será la ley de mañana...
Fidel Castro Ruz
8 de agosto de 1955

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