El 3 de septiembre de 2010, Fidel regresó a la escalinata de la Universidad de La Habana como testigo de su propia historia, como sembrador de conciencia, como joven eterno que vuelve al lugar donde descubrió su destino. Aquel día, bajo el sol temprano, habló no solo a los estudiantes reunidos, sino a generaciones enteras que aún buscan sentido en la palabra Revolución.
Fidel no ofreció un discurso político convencional. Ofreció memoria. Evocó los días en que ingresó a esa universidad, cuando era la única del país. Recordó a sus compañeros, a los fusilados por la tiranía, a los mártires de las guerras de independencia, y al Apóstol José Martí, cuya sangre derramada aún inspira luchas. En sus palabras, la juventud no era una etapa biológica, sino una fuerza ética: “jamás en ninguna otra época de su existencia una persona volverá a tener la pureza y el desinterés con que, siendo joven, se enfrenta a la vida”.
Ese Fidel que volvió a la escalinata habló desde la conciencia. Reconocía que la Revolución había puesto fin a los horrores del coloniaje y la explotación, pero también advertía que la lucha por la dignidad no termina. Que el imperio sigue sembrando fatalismo, y que la juventud cubana —más culta, más libre, más consciente— tiene el deber de resistir, de pensar, de crear.
Hoy, desde este espacio de memoria histórica, recogemos aquel instante como quien recoge agua de manantial. Porque Fidel sembró la semilla de la dignidad y nosotros, desde la distancia seguimos regando esa semilla.
Que esta escalinata siga siendo símbolo. No de piedra, sino de conciencia
https://www.youtube.com/watch?v=w7W2tRf1V2k&t=5s
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